lunes, 24 de octubre de 2016

Anima farsi



Nada hay en el mundo tan blando como el agua.
Pero nada hay que la supere contra lo duro.
Lo blando vence a lo duro, lo débil vence a lo fuerte.
(Teo te King)

I
Amada,
en la noche iluminada nítidamente te revelas, discreta y silenciosa,
y dejas ver tu presencia ya cuajada,
y esa piel tuya que irradia y centellea
el misterio del cuerpo que se anima,
de la carne más que viva
del relámpago ardiente que enciende la tierra que suspira.

Joven y radiante,
tu figura te nombra desgranando tu potencia
y tu nombre me bate en esa noche iluminada.
Tus ojos azul de mar, calmos e intensos…
Tu naturaleza indómita, virgen y no hoyada.
Tu piel de Primavera, anaranjada y blanca.
Tu vida por el Invierno ya templada.
Tu natural cadencia sosegada.

Alma, alma profunda y aérea, figura de intimidad;
confundido te siento en mi drama
mientras brindas al vacilante peregrino
tu mirada salvaje y tu cabellera de fuego.
Tu temple remueve toda urdimbre
al aliento de tu palabra de silencio.

Atiendo, atento, tus ademanes y tus signos;
tus silenciosas maneras
en las que la vida se desborda
y se encuentra, floreciendo, en su octava de vigor.
Te sueño habitando mi danza,
encontrando mi cuerpo en tu potencia,
alumbrando el misterio de la piedra derretida...

II

Eres de fuego y madre de dioses.
Todo lo acoges y consumes.
En tu cadencia y regazo
las viejas piedras carcomidas centellean jubilosas,
encendiendo sendas y veredas
y la vida entera, estremecida,
cimbrea en tu vibrar.
A tu vera nada denso permanece,
chispeando lo consume la noche iluminada…
Retruena un SI eterno y poderoso en la penumbra.

Hubo, gran partera, quien te soñó como Diana o Artemisa;
fértil, nutricia, virgen y bella; dadora de vida
o como María que, firme y serena, acompañó a su hijo en las tinieblas de la noche oscura
o, también, como esa joven discreta de la Bactria que asoma desde Oriente
irrigando de vida estepas, bosques y montañas.
Proclamas los misterios del líquido mercurio
y en tus fuentes, a borbollones, danzan cálidas las aguas.
Presencia es tu nombre; Ananké tu horma.

Tan íntima nos eres que sin verte nos habitas
y a tu encuentro nuestra sangre hierve y burbujea.
Corazón sacro; nos vives…
Acaso te vivamos en esa fiesta secreta
en la que los borrachos, danzando, se encuentran en el arte del giro.

domingo, 16 de octubre de 2016

Olivo milenario




Madera de olivo, alma herida por el fuego.
El cielo, derramándose rojizo en su misterio,
dibujó en tu piel con su garra incandescente,
y tu palabra vino a esparcirse desde tu propia figura vacilante y contrahecha,
en esas hojas duras, verdes y afiladas,
que, en trajin de vida confundida,
coronan tu cuerpo y tu danza airada.
Lloras, gritas, gravemente entonas tu canto olivo milenario
con el alma enrocada y arañada,
abierto el canal por esa luz incandescente
y danzas sin saberlo en tu estrépito y tu reclinar desgastado
y tus hojas, cimbreando, 
entregan a la vida su propio clamor doliente.
Y si, esperas un tiempo de escarcha y luna llena, 
de sobriedad y temple recogido,
de dulce y fresco viento hiperbóreo,
de noche clara e infinita.
Cielo rojo, que forjas desmembrando y haces del mundo tu atanor.
En eras resecas, entre polvo y piedras, abierto queda el mundo a tu trilla incesante...
Mientras el olivo sueña que soñó un rostro nuevo,
una figura feliz de viento,
una forma ya fraguada: solve et coagula.


Ajeno a su belleza y a su recia danza sueña el olivo.
La tierra siente sus pasos
y en sus pasos, jubilosa, se siente encharcada de piedras blancas.