miércoles, 30 de noviembre de 2016

Entreacto





ESCENA: Vestuario intemporal y desgastado (libre interpretación), amplia habitación de piedra, luz débil, una amplia mesa de madera gruesa con sostenes de hierro, algún cuadro en la pared de colores ocres y grises (irreconocible por la escasa luz).

OGLLUM: No lo hagas; no vas a poder; ¿me ves?
(Ogllum irrumpe en el escenario y nos ofrece su mueca grotesca, su rostro falaz y sus palabras inciertas. Con el dedo dibuja en el aire un rastro imaginario de aguas estancadas y animales muertos. Su expresión y las imágenes que conjura son una farsa trémula, una escena sin historia, una dolorosa imagen sin relato. Ogllum no cuenta cuentos solo señala girones que se agarran al imaginar. Ogllum sabe que sus señales prefiguran mundos y conciencias. Ogllum no sabe nada; no es más que la puerta abierta de la imaginación inquieta. Al fondo le responde un cuerpo temeroso y desbordado, un cuerpo que siente, roto y vivo. No se le acierta a ver el rostro)

CUERPO VIVO: Dime Ogllum quien es el dueño de esa voz, el fondo sin fondo de esa imagen, el portavoz de tu máscara, la cuerda de la que cuelga el colgado, el príncipe de las aguas estancadas que ascienden, el mandarín de los cuchillos, el señor de la comedia. Dime quién dice no, quién detiene las aguas, quién nos dice, qué palabra indecible se esconde, qué grieta, qué pliegue, qué impresión, qué se confronta, qué atropello sentido, que irrealidad impensable, qué sima oscura, qué fuerza que se resiste a todo nombre, qué fractura, qué luz que ciega, qué tierra que acoge, qué vida que encuentra su noche, qué trama que irrumpe, qué golpe ciego, qué herida que se abre y nos reclama, qué luz incierta y cegadora, qué nada de la que brotan relatos, qué golpe imaginario que perturba, qué burla extrema, qué caverna, qué temblor. Dime Ogllum qué hay tras el telón, quién habla por tu boca, quien imagina tu imaginar. Dime de quién o de qué eres cifra y símbolo. Háblame de esa noche oscura.-
(Al fondo de la tiniebla nadie responde. Ogllum parece hablar pero carece de verbo y relato. En la escena el cuerpo vivo se enerva y agita. Imagina jugar una partida de ajedrez, imagina que atisba su engarce, su vía estrecha).

En el comienzo se brinda una gran noche,
noche impenetrable, carente de formas y rostros
noche sin viento ni relieve
noche de aguas frías y calmadas.
Nada en la noche. Gran silencio.
De entre la nada y el silencio resuena un ritmo poderoso, un eco primigenio.
Escuchalo, es el tambor del Rey.
Escucha cómo el corazón se agita y toca raíz.
Hay quien vislumbra al halconero con su brazo extendido en ese ritmo tronante.
El tambor retumba en la noche
y la tierra se avienta y danza girando sobre sí.
Al compás del giro se desliza un cálido destello ambarino y rosado.
De la herida mana luz y de la luz un cuerpo encendido de halcón.

La piedra se licua.

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