domingo, 16 de octubre de 2016

Olivo milenario




Madera de olivo, alma herida por el fuego.
El cielo, derramándose rojizo en su misterio,
dibujó en tu piel con su garra incandescente,
y tu palabra vino a esparcirse desde tu propia figura vacilante y contrahecha,
en esas hojas duras, verdes y afiladas,
que, en trajin de vida confundida,
coronan tu cuerpo y tu danza airada.
Lloras, gritas, gravemente entonas tu canto olivo milenario
con el alma enrocada y arañada,
abierto el canal por esa luz incandescente
y danzas sin saberlo en tu estrépito y tu reclinar desgastado
y tus hojas, cimbreando, 
entregan a la vida su propio clamor doliente.
Y si, esperas un tiempo de escarcha y luna llena, 
de sobriedad y temple recogido,
de dulce y fresco viento hiperbóreo,
de noche clara e infinita.
Cielo rojo, que forjas desmembrando y haces del mundo tu atanor.
En eras resecas, entre polvo y piedras, abierto queda el mundo a tu trilla incesante...
Mientras el olivo sueña que soñó un rostro nuevo,
una figura feliz de viento,
una forma ya fraguada: solve et coagula.


Ajeno a su belleza y a su recia danza sueña el olivo.
La tierra siente sus pasos
y en sus pasos, jubilosa, se siente encharcada de piedras blancas.

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