sábado, 20 de junio de 2015

Robacuchillos


Esta noche me encontré con el señor de los cuchillos,
sentado en el salón de mi casa en un cómodo sofá,
junto a mis propias facas y falcatas,
con su cara grasienta, su calvicie y ese pelo sin cuidar de chamarilero.
Antes se me había colado en la cocina cogiéndomelas todas del cajón.
Las había colocado justo a su lado.
A su vera las falcatas ya no relucían,
su color era el de un metal opaco.
 
Aviso a navegantes:
Cuando los cuchillos salen de los estuches
la mirada debe volverse geométrica.
Mirada atenta, cálculo y medida, mirada de rapaz,
de águila imperial, de gavilán, de lechuza, de autillo, de mochuelo…
 
Cuando los cuchillos salen de los estuches
un límite vacío se insinúa en el horizonte
y en la penumbra del amanecer se dibujan siluetas
de navaja en puño y manta campera al hombro.
 
Con más luz y más fuego veras
la ejecución de una danza tenebrosa.
 
Cuando los cuchillos salen de los estuches
no olvides esa mirada de rapaz.

El señor de los cuchillos…
En el salón de mi casa…
Mi ojo lo mide.
Su presencia desgrana inquietud y peligro extremo,
al tiempo impotencia y debilidad.
No le viene bien un nombre tan sonoro.
Quizá fuera mejor dejarlo en el señor cuchillos,
robacuchillos, sacamantecas, asaltacaminos, vampiro.

Me sorprende verlo tan adentro de mi casa.
No me sorprende su indecisión grasienta de pequeño mercader,
su acento amanerado de coleccionista.
Según lo vi me puse a charlar con él
y a birlarle discretamente los cuchillos.
El hacía lo mismo y según se los iba birlando, alguno me cogía.
Cuando los tuve todos de mi lado le eché de un puntapié y cerré la puerta.