martes, 22 de julio de 2014

La serpiente bífida (poema en prosa)

 
 
 
 
 

Un escenario; una escena; unos personajes a los que nadie atiende. Una cortina al fondo. Más allá una penumbra densa y un baúl cerrado. Junto al baúl algunos hombres viejos que se retiran y esconden su rostro. En el baúl un misterio bífido que desdobla, escinde, fragmenta y fractura. Dícese de lo bífido: lo desdoblado, lo bifurcado, lo dividido, lo separado, lo troceado, lo que mantiene un enlace. De uno y al golpe surgen dos con dolor; el uno y el doble; pero los dos nunca dejan de ser uno. Las tres mitades del Uno: Lo uno, el doble y esa fuerza bífida que desdobla. Lo elemental se desata y el cosmos arranca en su proceso. El doble sobrevive al dolor según medida. El uno queda sumergido e inédito. Ahí van las hebras del drama.



El escenario brinda un contexto. La cortina lo limita. La escena dice al personaje en una clave cifrada. El personaje es olvido. Ha olvidado su condición de doble y esa unidad de origen. Ha olvidado al otro que aguarda. Ha olvidado su propio dolor, su venida al mundo, su fractura. Nada sabe de esas claves que le dicen y manejan. Nada sabe de lo elemental deshilachando y fracturando, del bullir arcaico del inicio, de los pasos rotos y los deseos congelados, de la fractura de sí. Amores y desamores, sentimientos primarios, dolores atávicos, heridas viejas... Algo nos mira de frente según se sale del claustro materno. Una serpiente poderosa de bífida cabeza. Una fuerza elemental que nos embiste al choque. Una alteridad feroz que de uno hace dos. Una potencia que escinde y fragmenta. Según se sale, la escisión y la herida. Según se sale, el dolor y ese caos elemental. Según se sale, el olvido y ese doble que sobrevive en su propio guión.



En deformes imágenes se brinda el drama a la conciencia. Cifras y figuras encuentran su asedio, su corrosión y sus grietas. Al choque toda la geometría soñada y querida queda rota. Desde su fuerza lo elemental nos dice y los surcos dejados en el alma anclan a su propia grieta; arrojan a un escenario que nos prende y a una escena que nos cose según su propio patrón. La memoria se diluye y el doble encuentra su hebra. Finalmente la escena no es más que un espectral baile de simios. Pornográficamente se exhiben y se encubren sentimientos primarios. La danza a todos nos relata translúcidamente. El escenario es ahora un sótano. Los espectros de los simios gobiernan los cuerpos y poseen las almas. En ese sótano oscuro se desgranan las sombras de la tribu. En el suelo se pueden ver pequeños charcos de sangre a los que nadie atiende. El doble sufre en su propia trama y las imágenes del alma siguen su propio guión. Con todo, el foco de la atención deja el escenario y alcanza a ese baúl más allá de la cortina.



El contenido del baúl se siente poderoso; se encuentra en su dolor; mide el mundo según su propio patrón. Tras la cortina dicta la escena y el escenario cobra vida; pero ya nadie lo atiende. No hay público. No hay escena. El personaje tantas veces cosido según medida ha abandonado el guión y alcanza la cortina al fondo del escenario. Mira a través de ella.



El baúl se revuelve, se abre entre líquidos sucios que todo lo empapan. Desde su interior asoma una mujer iracunda; gruesa, fea, fuerte... Es pero nunca existió. Dicta pero nunca sale a escena. La acompaña una serpiente azul de dos cabezas; feroz, fuerte, bella, violenta. La serpiente bífida es cifra e imagen de misterio. Junto a la serpiente una anciana acogedora y gentil. El baúl queda descerrajado y abierto; panza arriba… Toda una vida queda abierta pero hay que saber encontrarse con ese dolor primigenio. Basta un sencillo sí; un sí que cuesta, un sí a lo insoportable, un sí que no se pronuncia con la boca, un sí que pronuncia el cuerpo entero. El camino será largo y verás el carnaval del sinsentido enhebrado en tu carne.



Adviertes la presencia de un espectro que te sigue y te sirve de sombra. Un espectro que teje la escena y todo lo impregna en un dolor inaugural de raíces y comienzos. Sale de detrás de la cortina y se place en la memoria de las viejas deudas. Bebe sangre de la comisura de los labios, de ese dolor que nos ancla. Anhela lo que detiene vida y conciencia. No quiere otra cosa que verse atravesado por lo elemental y sus figuras de sombra. Tanathos es su nombre y danza con los que, atravesados, sólo miran hacia atrás. Esos que esperan la muerte convertidos en estatuas. En la danza de Tanathos la vida se detiene; nada llega a ser.



Al espectro le acompaña un frío gélido; ese frío que se enrosca a los miembros y los convierte en rígida madera dolorida. Conozco ese frío abrazándote el alma, besándote desde su hiel. Entremedias de esos fríos, más allá del espectro, está la serpiente Pitón esperando con su cabeza bífida y doble. Su presencia, azul y amarilla, parece querer partirme en mitades; la del hombre que se duele, la del mundo que se deja atrás, la del más allá que se disuelve. Apolo, de Pitón, hizo su gloria y tras invitarla a su lidia de música y danza alcanzó la fuente de la vida. Después grabó su imagen en su escudo. Apolo, el que ve y hiere de lejos, supo de la serpiente bífida; de lo que pareciendo doble es único, del enlace entre el doble y su origen; del doble que recuerda; del doble que deja de ser doble, de esa fuerza elemental preñando la vida… Pitón nos espera en Delfos. Pitón es una frontera bífida y Delfos el hogar que enlaza sus cabezas. Atravesar esa frontera nos pone al alcance los misterios de una matemática secreta. La del Uno; del que todo mana, al que todo vuelve, el que todo es. Alcanzar lo Uno y lo Mismo en una intuición de plenitud desconocida... Todo en todo se nos brinda y en el caos se encienden palacios, castillos y catedrales… Pitón es tanto muerte como vida; veneno, medicina, fractura, unidad, cosmos, dualidad reunida, escisión que se sutura, belleza, fuerza elemental. La vida y Pitón se nos confrontan pero sus dos cabezas se nos brindan enlazadas. Son dos pero su sentido es Uno. Del sentido mana la vida. Dialéctica. Síntesis.



El árbol de la vida hunde sus hondas raíces en un caos elemental. Un árbol majestuoso en lo alto del monte; una campiña verde… Solo es la ciencia de la Unidad. Esa ciencia que sabe del abrazo del dolor, de la escisión que se sutura. Como dijera Platón somos una planta celeste que viene a levantarse. Se levanta para silenciosamente contemplar arraigada en los lomos de un pájaro de fuego. En tu sangre y en tus venas arderá ese fuego. Eros verá la vida encendida.

viernes, 18 de julio de 2014

Prolegómeno a La Mina

 
 
 

De niño recuerdo los ocres y los verdes oscuros castellanos
el olor a romero y los conejos que al paso me salían por los campos.
Sucedía los Veranos y algunos fines de semana.
Iba al pueblo de mi padre.
Me daban un rifle de balines
y, solo, me soltaban a andar por los caminos y los montes limítrofes.
Debía tener alrededor de 10 años

En mis correrías la fantasía se desataba
y me adentraba en las ruinas del castillo o iba a las conejeras de los alrededores.
Por fortuna era bastante malo con la escopeta. No era un buen tirador.
Recuerdo lo más tremendo:
Subir al castillo en ruinas de lo alto del monte.
Era un lugar bastante alejado y solitario
rodeado de una naturaleza áspera de tomillo y légamo.
En lo alto del castillo se abrían las puertas del gran viaje.
Las ruinas dejaban paso al otro lado de la montaña,
la cara oculta;
esas solitarias praderas que quedaban del otro lado del pueblo y de los hombres.
Mi imaginación ahí se sentía en otro mundo o acaso lo estuviera.
Ningún rastro de presencia humana.
Sólo el latido vivo de la tierra, la roca dura y las verdes laderas;
y yo ahí con mi escopeta como un grumete despistado;
despistado pero extasiado y ebrio en ese otro lado.

Un buen día encontré una caverna labrada en la roca
No era como esas otras bodegas excavadas en la tierra.
Esta parecía tallada con cuidado y esmero
aunque con ese carácter salvaje que conjuraba el otro lado.
Dos corredores se bifurcaban justo en la entrada
Y ahí me quedé mirando largos minutos.
Algo me llamaba a entrar pero atisbaba peligro...
Esta era una cueva muy extraña.
Las dos galerías se abrían en direcciones opuestas y sugerían tomar o una u otra.
Del acierto en la decisión parecía depender algo importante.
Errar no parecía albergar buenas expectativas.
Estuve un buen rato parado cavilando;
inclinado a entrar pero consciente de que acaso no fuera el momento.
Finalmente volví a las ruinas del castillo,
crucé del otro lado
y volví al mundo real.

Los días sucesivos dediqué mi tiempo a meditar sobre esa extraña cueva
con sus no menos extraños pasadizos.
Pensé que parecía no ser algo real así que volví en su busca.
Volví a subir al castillo, como siempre acompañado de mi rifle,
y volví a cruzar del otro lado.
Ahí todo era terrible , fascinante y salvaje.
De tanta vida que había la ebriedad se apoderaba de mí;
me sobrecogía y me elevaba de entre los verdes prados.
Busqué la cueva y sus dos senderos pero ya no los encontré.
Más tarde incluso llegue a preguntar a los adultos por extrañas cuevas en los montes.
(¡qué idea!)
Nadie sabía nada.
La cueva efectivamente no existía
Pero, sin embargo, estaba ahí,
abriendo los vientres de la tierra.
Y ahí sigue;
albergando su prueba, su secreto y su tesoro

martes, 8 de julio de 2014

La mina

 
 



Una vagoneta en la polvorienta boca de una mina.
Una de esas vagonetas ferroviarias
que, raudas, se adentran sobre vías de hierro en las entrañas de la tierra.
Acceden al mineral hallado en lo más profundo
y a sus lomos lo sacan a la luz.
La vagoneta está inmóvil.
Bajo sus ruedas, los raíles, son de un metal oscuro y plomizo
A su frente espera la boca de la caverna excavada en la tierra.
Su espera invita y estremece

Súbitamente, un rayo de fuego todo lo inunda
y hierve en llamas la piel de la tierra.
Arde la tierra y la vagoneta se desliza hacia la mina.
Entre llamas se interna en una oscuridad iluminada.
La vagoneta se adentra en la caverna lenta y vertiginosamente.
Esta viva, le arde el alma y tiene fuego en la mirada.