lunes, 23 de junio de 2014

La noche encendida


 
 
Voz intensa, palabra de viento.
La nube resplandece a la luz de la luna y los hombres la miran extasiados.
La noche se ilumina.
Nada hay más que su presencia.
El cosmos, salvaje, se desata.
La belleza es una experiencia salvaje.
La intensidad se respira y el cuerpo entero se enciende estremecido.
Sobrevinó Kairos, el tiempo oportuno.
Sobreviene Ayon, el tiempo eterno.
La alegría borbotea.
La serenidad recoge.
El llanto libera.
Finalmente solo es una intensidad que enmudece.
La cotidianidad ni se aparta ni se menta.
Basta ver para ser entre tanta vida derramada.
La visión arrebata y nos eleva a su cima.
Nuestra plenitud es su palabra.
Todo el dolor cabe en esa flor.
Nada queda sino contemplar, gozar, ser.
La ebriedad se resuelve sobriamente en la mirada.
Nuestra danza es la danza de los astros.
Lo exterior es lo interior y lo adentro es afuera.
No hay dos. Solo hay Uno....
En el silencio la vida se desata; en su propio vacío la lámina en blanco halla sus trazos íntimos.
La gran salud es el cuerpo de la vida.
Son ya tiempos de éxtasis.
El cuerpo danza jubiloso. Alcanza más allá de sí.
Un buda sentado en el bosque. Un hombre que sencillamente ve.

miércoles, 18 de junio de 2014

Aguas vivas

En La Pedriza. Compartiendo la vida desatada.

I

Lienzos de agua iluminada, lienzos de arena fina y de colores; la materia, agua; y el agua un fértil y palpitante vientre. Las formas se suceden con una rapidez medida; arquitecturas, geometrías, alegrías, dolores, escenarios festivos, feroces batallas, cuerpos jubilosos de amantes que se encharcan, se penetran y se aman, verticales cuerpos de encharcados monjes que dejan ser a su propia Nada. Agua cálida, vientre inagotable; sólo el agua permanece, agua de vida atravesada de vibración y calor, agua de múltiples formas, pura ductilidad. El Agua y ese Vacío que nos dice, las aguas y la Nada compartiendo su misterio, no siendo sino forma…

Muy lejos quedan esas otras aguas detenidas en un frío polar, casi pétreas, agarrotadas, sin forma ni medida.

II

Pasan las horas. Atardecer y senda. El cuerpo camina y un viento fresco nos acaricia la piel. El cuerpo celebra con júbilo la vitalidad desbordada; en sus propias venas, en el bosque recién regado por la lluvia, en un río joven y bullicioso. Ahora el agua cae de los cielos y el río nos devuelve reflejos de plata de entre su torrente de frescura. ¡Ay Dios, cuanta Alegría!. Enfrente un monte de piedra llora agua fresca. Los musgos verdean el gris del granito aquí y allá. Ocres rojizos acompañan las roderas del agua sobre la piedra. La inmensa mole pétrea rezuma agua de vida por todos sus rincones. Jubilosa y conmovida se deshace en lágrimas. Nunca había visto algo así. La materia, piedra; y la piedra un fértil y palpitante vientre húmedo.

El río me llama y como un niño sumerjo mi cabeza en el torrente, casi hasta los hombros, apoyado entre dos sólidas piedras. Mi rostro se deshace en frescura…

III

Arje: Siendo vida lo que gobierna la vida. La unidad de lo múltiple. Lo que permanece en todo cambio. Lo que siempre es. El ser discreto de aquello que va siendo(to on). La continuidad en el ir y venir de las fugaces formas. La unidad de la Physis. La Gran Vida que acoge vida y muerte. El enlace discreto de toda discontinuidad. La unidad de ese cosmos que es Uno. Nuestra fibra más íntima. Nuestra ley secreta. Nuestro único anhelo. Para Tales el agua. Para Anaximandro el apeiron(lo indeterminado). Para Heráclito el fuego. Para Rumi la danza jubilosa del que sólo a Uno conoce. Variaciones con repetición; más allá de toda dualidad.

La Physis nos dice y el rumor de nuestra palabra suena a Océano y a sal. La palabra no es más que una ola fugaz, blanca y brillante. Agua. Apeiron.

La cifra y el número del Misterio: Uno.

jueves, 12 de junio de 2014

Los enanos

Ahí están, de corta estatura en sus pequeñas casas brillantes,
parecen como esos habitantes imaginarios de las casas de muñecas.
Regordetes y de escasa talla en su mundo todo reluce.
A eso dedican sus trajines; sus trabajos y sus días.
Todo parece limpio y recogido en sus casas.
Ten seguro que harían cualquier cosa por mantener su pequeño imperio y sus mofletes sonrosados.
Repudian lo que no quieren ver y sacaran su machete para que nada ni nadie les perturbe.
Verlos salpicados y manchados será fácil.
Toda casa acoge su trastienda de sombra.
Si eso sucediera les verás borrachos de un odio y de un temor ancestral.
Moviendo el machete; de abajo a arriba.
En su quimera huyen del dolor, del miedo, de la incertidumbre, de la sombra.
Si algo temen es esa trastienda cerrada en la que sea amontonan las viejas cuentas.
Estos personajes temerosos son legión y multitud.
Arrugan corazones
Arbitrarios, esculpen sus miedos en quien pueden;
también en quien se deja.
Fugitivos de su pavor nos son muy cercanos; casi íntimos.

 
Los puedes divisar bien agarrados a su solaz,
metidos en su pequeña habitación reluciente.
Su visión conmueve y apenas nos desliza hacia la melancolía.
Con todo, estas presencias regordetas tienen algo de comedia; incluso de divina comedia.
Al verles más de cerca siento ese amor que siempre estuvo ahí antes de toda historia.
Siento el corazón verdear y florecer en placer; y también un frescor de lluvia dulce que limpia arrugas y pliegues de carne vieja.
Antes de todo tiempo es el amor; el amor de ser, de ser en todo.
Y el tiempo echa a andar y se escucha a las espaldas un golpe seco que estremece.
Ese golpe inaugural que tiene rostro de serpiente.
Hay quien solo lo escucha y hay quien lo siente como golpe en la nuca.
Tras el estruendo algo se cierra a la altura del vientre y el temor comienza su danza sombría.
Ya estamos instalados en la vida y la nave va
Desde entonces eros y neikos, el amor y el temeroso odio, se disputan el escenario.
Más allá la Unidad; más allá y más acá del tiempo.
La unidad; un amor forjado en temple, una piedra líquida.
Eros y neikos… Ya lo dijera Empédocles hace más de dos mil años.

sábado, 7 de junio de 2014

Elementos

La noche fue fría, una de esas noches frías y agrestes del Verano en la que los elementos nos sorprenden con poco equipaje. Aire, tierra, agua, fuego..

Los elementos se presentaron desasidos y sueltos. Con esa vida que les imprime un movimiento a veces lento y pausado; a veces centelleante. Expansión y contracción; también quietud. Su vida, vida del cosmos, rítmicamente vida. Y los hombres parte de esa vida. Constituidos por su misma hebra.

Mientras caía la noche, y yo andaba distraído y en esas el aire se desató en viento. Y ahí me vi; desplazado y violentado; sobrecogido por esa vida que irrumpe desde más allá de nuestra piel; sin que quepa apelación alguna. Esa vida que nos descabalga para insinuarnos un pasaje en el que, por fin, se ve y se siente. Sobre nuestra misma piel.

Venía de pasar unas fiebres de Verano. Entre el calor del día y el frío de la noche el abuelo peyote sirvió de gozne, de quicio, de membrana sutil, de sagaz compañía, de engarce, de frontera traspasada, de doble que indica, de potencia que irrumpe, de presente que en su derredor congrega el tiempo...


El frío arreció en la noche y una brisa fresca que acaricia y mece, en su devenida gelidez, pasa a estremecernos. El cuerpo sentado en el suelo sin un respaldo firme, sobre la tierra, frente a un fuego que quema la piel sin llegar a calentar… Pasan las horas... El cuerpo como límite habitado, como límite que queda transcendido, como forma que habita una escena de brisa fría y tierras ocres. El cuerpo, exhausto, más allá de sí, encumbrado y agotado, feliz. El cuerpo; nuestra forma, nuestra memoria. Y así la vida irrumpe y nos muestra sus reglas. Receptividad, aire fresco, respiración pausada. Una escena, una potencia que emerge. Cuerpo, fuego, agua, viento, tierra. La vibración ritual acontece. Canto, palabra y belleza. El corazón se insinúa en su anhelo.

La noche quedó iluminada y abierta en la ceremonia del peyote

Una brizna, un recuerdo chispeante, una visión que se insinua, una figura que irrumpe, una cifra enigmática que nos interpela y sirve de espejo. Así irrumpe la vida y la vida cambia su tono: Metamorfosis. Nada ha cambiado pero ya nada es lo mismo. Ni el que mira ni lo mirado. Todo queda enlazado, arraigado en la propia capacidad de visión. La luminosa tensión del acontecer. Su inagotable presencia… Sin posibilidad alguna de alteridad o contrario. El pensamiento se metamorfosea en visión. El ruido mental cesa. Silencio. La visión alcanza más allá de sí. Nadie mira. Nada es mirado. El universo entero participa de la danza. No somos sino danza. Danza y silencio.

Del silencio un sereno mar de piedra emerge, blanquecino y anaranjado, dúctil y sutil. Este agua de vida nos revela su capacidad de forma. Nos muestra las figuras que alumbra, los perfiles de sus olas, las expresiones de su ondular. En los brazos del abuelo, de ese abuelo peyote que sabe y que muestra. La piedra líquida esta viva y se nos brinda en sus figuras. Piedra dúctil, matriz de formas, rebosando geometrías que vienen y van. El movimiento de la piedra.

De la piedra líquida emerge un rostro de dama, dulce, adolescente, todopoderoso, dotado de una timidez ya disuelta en el agua viva. Pétrea, acuática, de nariz chata y rostro agraciado, desvelada y clara; como las hadas de los cuentos de antaño. El rostro del agua y de la piedra, el rostro de la vida, el rostro que cristalizando ampara mil formas. Matriz de figuras. Madre de cristales y geometrías. María, Mnemosyne, Kali como Durga. La amada de todo amor. Medida de la vida. Mar, piedra, dama que seduciendo alumbra universos.