jueves, 9 de febrero de 2017

Prometeo encadenado ( A Zeus, confusamente se dirige)





Destruido por un animal terrible o más bien por espectro de otra época que toma cuerpo inhabitando el alma;
y me vive y en espectro me convierte y me transforma en cerdo de Circe, en cretino, en zombie moribundo, en caos reptante sin forma;
espectro de la nada hacia la nada…

Oh águila, fiera e inclemente, de quien son las cadenas que aprisionan mi alma y me maldicen si como sé todo es Uno.
Quién eres tu águila mía que imperas en mi cieno y a tu dictado me dictas en mi errancia.
A la piedra me anclas con tus garfios y la piedra, ante mi canto, ni cede ni se inflama.
Me arrebatas la palabra iluminada que la carne enciende.
Me desatas tu mirada desgranando oprobios, puliendo cuchillos en tus ojos, hiriéndome el alma y el vigor, helando mis miembros y mi cuerpo entero salvo corazón y mirada.

Como terminé aquí, oh mi demon de luz, destino luminoso de mi alma,
enajenado por esta llamada del no ser que, ciegamente, obedezco como marioneta que mueven y dirigen siendo otra su conciencia.
Alma encadenada y penitente que gustas de palpar tu ignorancia sin poder conjurar la vida en tu palabra quedando libre de herrumbres y cadenas.
El corazón inflamado te falta, la memoria olvidadiza...
En el océano negro braceas como Ulises.
Tu corazón arde bajo una coraza de herrumbre y ahí se acoge tu memoria.
Alza los ojos y solo veras a tu guardiana, fiera y alada, ejecutando en tu cuerpo endurecido su palabra.

Creíste ver el fuego de los dioses brindándose a los hombres
y tu senda te condujo a las aguas oscuras y a la piedra fría.
Es Zeus quien martillea tu alma y Heracles el aroma de tu vida liberada…
Heracles patético; Heracles siempre humillado; Heracles el que a otros entrega su vida y poder. Sobre Heracles Es Hera quien tiene la palabra…
La vida le pide.
El arte del giro le exige.
Un sí, un mero movimiento y quemarse en su llama

Heracles te liberara de las cadenas.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Lluvia




Como esferas que caen;
albergando en su seno medidas que estremecen con belleza y dolor,
Como fina lluvia que se desliza desde el arco celeste,
descolgándose, casi ingrávida…
Como marcha de la vida hacia la vida
Escucha, es el viento la guía.

Dejando atrás ese cielo gris perla, blanco purísimo, negro azabache,
sin medida ni matiz,
no voltean las esferas su mirada;
descienden, escurriéndose desde su entraña.
El arco iris las contempla;
potente, florecido y bello
las unge en aromas y matices
según se descuelgan por su paleta de tonos colorida.

De amanecida finas gotas de lluvia;
perfectas, ligeras, danzarinas en el aire candente.
A medio día su figura prospera
y la fina gota se trastea como esfera bien pulida de líquido cristal.
En su interior una sala vacía, una cámara, un vientre,
una hendidura que la atención reclama,
un pliegue que separando acoge.
Su exterior,
un límite, una túnica líquida que se expande y se contrae, una linde,
un pleroma por brindarse.
De la atención retoñaran tupidas rosas rojas con espinas.

Caen las esferas sobre la tierra
y hay quien responde a ese reclamo.
La tierra fecundada y húmeda desgranará
sobre tu frente de hombre formas y matices...

A los hombres les atrapa y agarra esa llovizna de silencio.
Todo lo empapa el aguacero.
Hasta los labios deseosos
se le escurren al hombre las esferas;
se descuelgan desde el árbol de la vida
embozando y enredando en su potencia;
brindan su trama, su mosaico, su geometría densa, su donación de dolor,
su alma viva atravesada de belleza, su sentido, su vida derramada, su acto y su potencia.
En cada esfera hay un mundo;
basta con entrar en ella.
Mira el pleroma;
atiende, olvida.

Bajo el árbol encharcado los hombres hambrientos se arremolinan desnudos
Las aguas celestes empapan sus sienes.
Sus ojos se inflaman  y el alma,
perturbada y sacudida,
se abisma sin certezas en un vientre de tierra.

La gota se derrama por el cuerpo…
En el seno de la esfera, a su interior acogido, el hombre mira y alumbra un tapiz de rosas.
Rompen los hombres a vivir en ese vientre
y siendo tierra olvidan.
Nada más ven sino su trama y su mosaico.
Nada encuentran sino la escala de la esfera.
Nada desean sino esas rosas bellas y punzantes.
Es el juego de Dionisos.

Se insinúa el ocaso.
Escucha el tambor del rey.

Es ya el tiempo del retorno.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

La entraña del fuego







Con ingravidez y ligereza deslizarás la mano
en la entraña del fuego siempre ardiente,
bien profundo;
y sacudido por violentas danzas,
de lumbre inquieta y sólido leño sirviendo de cimiento
verás tus semblantes agrietarse y alejarse a los tapujos.
No retirarás la mano.

Quebrantado en tu ánimo te sentirás licuar
y no sabrás si será frío polar o calor irreverente lo que en la tierra te derrame.
Escucha las hogueras crepitar;
los viejos rescoldos que se encienden…
Ya tienes llagas en las manos.

En esa otra entraña de la tierra
el atanor del Misterio continua su tarea de silencio.
Los hornos de la vida calientan la piedra oscura.
En el seno de la tierra la roca enrojece de luz.
A su tacto ardiente no retirarás la mano.

Cuando del viejo rescoldo apagado chorree luz
la entraña del fuego mostrará su rostro

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Entreacto





ESCENA: Vestuario intemporal y desgastado (libre interpretación), amplia habitación de piedra, luz débil, una amplia mesa de madera gruesa con sostenes de hierro, algún cuadro en la pared de colores ocres y grises (irreconocible por la escasa luz).

OGLLUM: No lo hagas; no vas a poder; ¿me ves?
(Ogllum irrumpe en el escenario y nos ofrece su mueca grotesca, su rostro falaz y sus palabras inciertas. Con el dedo dibuja en el aire un rastro imaginario de aguas estancadas y animales muertos. Su expresión y las imágenes que conjura son una farsa trémula, una escena sin historia, una dolorosa imagen sin relato. Ogllum no cuenta cuentos solo señala girones que se agarran al imaginar. Ogllum sabe que sus señales prefiguran mundos y conciencias. Ogllum no sabe nada; no es más que la puerta abierta de la imaginación inquieta. Al fondo le responde un cuerpo temeroso y desbordado, un cuerpo que siente, roto y vivo. No se le acierta a ver el rostro)

CUERPO VIVO: Dime Ogllum quien es el dueño de esa voz, el fondo sin fondo de esa imagen, el portavoz de tu máscara, la cuerda de la que cuelga el colgado, el príncipe de las aguas estancadas que ascienden, el mandarín de los cuchillos, el señor de la comedia. Dime quién dice no, quién detiene las aguas, quién nos dice, qué palabra indecible se esconde, qué grieta, qué pliegue, qué impresión, qué se confronta, qué atropello sentido, que irrealidad impensable, qué sima oscura, qué fuerza que se resiste a todo nombre, qué fractura, qué luz que ciega, qué tierra que acoge, qué vida que encuentra su noche, qué trama que irrumpe, qué golpe ciego, qué herida que se abre y nos reclama, qué luz incierta y cegadora, qué nada de la que brotan relatos, qué golpe imaginario que perturba, qué burla extrema, qué caverna, qué temblor. Dime Ogllum qué hay tras el telón, quién habla por tu boca, quien imagina tu imaginar. Dime de quién o de qué eres cifra y símbolo. Háblame de esa noche oscura.-
(Al fondo de la tiniebla nadie responde. Ogllum parece hablar pero carece de verbo y relato. En la escena el cuerpo vivo se enerva y agita. Imagina jugar una partida de ajedrez, imagina que atisba su engarce, su vía estrecha).

En el comienzo se brinda una gran noche,
noche impenetrable, carente de formas y rostros
noche sin viento ni relieve
noche de aguas frías y calmadas.
Nada en la noche. Gran silencio.
De entre la nada y el silencio resuena un ritmo poderoso, un eco primigenio.
Escuchalo, es el tambor del Rey.
Escucha cómo el corazón se agita y toca raíz.
Hay quien vislumbra al halconero con su brazo extendido en ese ritmo tronante.
El tambor retumba en la noche
y la tierra se avienta y danza girando sobre sí.
Al compás del giro se desliza un cálido destello ambarino y rosado.
De la herida mana luz y de la luz un cuerpo encendido de halcón.

La piedra se licua.

lunes, 24 de octubre de 2016

Anima farsi



Nada hay en el mundo tan blando como el agua.
Pero nada hay que la supere contra lo duro.
Lo blando vence a lo duro, lo débil vence a lo fuerte.
(Teo te King)

I
Amada,
en la noche iluminada nítidamente te revelas, discreta y silenciosa,
y dejas ver tu presencia ya cuajada,
y esa piel tuya que irradia y centellea
el misterio del cuerpo que se anima,
de la carne más que viva
del relámpago ardiente que enciende la tierra que suspira.

Joven y radiante,
tu figura te nombra desgranando tu potencia
y tu nombre me bate en esa noche iluminada.
Tus ojos azul de mar, calmos e intensos…
Tu naturaleza indómita, virgen y no hoyada.
Tu piel de Primavera, anaranjada y blanca.
Tu vida por el Invierno ya templada.
Tu natural cadencia sosegada.

Alma, alma profunda y aérea, figura de intimidad;
confundido te siento en mi drama
mientras brindas al vacilante peregrino
tu mirada salvaje y tu cabellera de fuego.
Tu temple remueve toda urdimbre
al aliento de tu palabra de silencio.

Atiendo, atento, tus ademanes y tus signos;
tus silenciosas maneras
en las que la vida se desborda
y se encuentra, floreciendo, en su octava de vigor.
Te sueño habitando mi danza,
encontrando mi cuerpo en tu potencia,
alumbrando el misterio de la piedra derretida...

II

Eres de fuego y madre de dioses.
Todo lo acoges y consumes.
En tu cadencia y regazo
las viejas piedras carcomidas centellean jubilosas,
encendiendo sendas y veredas
y la vida entera, estremecida,
cimbrea en tu vibrar.
A tu vera nada denso permanece,
chispeando lo consume la noche iluminada…
Retruena un SI eterno y poderoso en la penumbra.

Hubo, gran partera, quien te soñó como Diana o Artemisa;
fértil, nutricia, virgen y bella; dadora de vida
o como María que, firme y serena, acompañó a su hijo en las tinieblas de la noche oscura
o, también, como esa joven discreta de la Bactria que asoma desde Oriente
irrigando de vida estepas, bosques y montañas.
Proclamas los misterios del líquido mercurio
y en tus fuentes, a borbollones, danzan cálidas las aguas.
Presencia es tu nombre; Ananké tu horma.

Tan íntima nos eres que sin verte nos habitas
y a tu encuentro nuestra sangre hierve y burbujea.
Corazón sacro; nos vives…
Acaso te vivamos en esa fiesta secreta
en la que los borrachos, danzando, se encuentran en el arte del giro.

domingo, 16 de octubre de 2016

Olivo milenario




Madera de olivo, alma herida por el fuego.
El cielo, derramándose rojizo en su misterio,
dibujó en tu piel con su garra incandescente,
y tu palabra vino a esparcirse desde tu propia figura vacilante y contrahecha,
en esas hojas duras, verdes y afiladas,
que, en trajin de vida confundida,
coronan tu cuerpo y tu danza airada.
Lloras, gritas, gravemente entonas tu canto olivo milenario
con el alma enrocada y arañada,
abierto el canal por esa luz incandescente
y danzas sin saberlo en tu estrépito y tu reclinar desgastado
y tus hojas, cimbreando, 
entregan a la vida su propio clamor doliente.
Y si, esperas un tiempo de escarcha y luna llena, 
de sobriedad y temple recogido,
de dulce y fresco viento hiperbóreo,
de noche clara e infinita.
Cielo rojo, que forjas desmembrando y haces del mundo tu atanor.
En eras resecas, entre polvo y piedras, abierto queda el mundo a tu trilla incesante...
Mientras el olivo sueña que soñó un rostro nuevo,
una figura feliz de viento,
una forma ya fraguada: solve et coagula.


Ajeno a su belleza y a su recia danza sueña el olivo.
La tierra siente sus pasos
y en sus pasos, jubilosa, se siente encharcada de piedras blancas.

viernes, 17 de junio de 2016

Azimut



Es el día del gran mediodía
en el que las sombras encuentran su silencio.
En  ese día todo alcanza la forma definida.
La vid, vid y la higuera, higuera
y sus contornos se deslizan, rotundos, hacia nuestra ojos.
Nos acarician con júbilo.
Sus sentires nos recorren, ávidamente, la piel;
como una brisa que enervara el cuerpo entero
y la vida, de vida queda inundada.
Y la piedra, al fin desnuda, nos brinda su líquida danza.
La piedra encendida,
cálida y radiante nos mece.
Todo, se preña de luz;
se concibe en su compás y su armonía.
La piedra líquida es la tierra de la luz,
matriz de formas.

En la estancia del gran mediodía el  sol se alza a su lugar.
El espacio rebosa de sí y la luz todo lo colma.
Las formas y figuras, encendidas
danzan
y un envés se insinúa en el incendio de los cuerpos;
haz oculto derramándose a borbotones,
luz intensa que ciega alcanzándonos el cuerpo como dardo feroz,
abrasando nuestro mirar.
Y los sentires, al silencio, se abren como un tejido.
Todo más allá, aquí y ahora
Nada más allá del aquí y del ahora.
Alma inflamada, vaciada de sí, consumida en luz,
deseante, desechas querencias y deseos…
Nada te alcanza salvo ese silencio milenario.

En tu oscuro regazo, oh sol, solo luz directa
y la única sombra la de esa luz cegadora;
y la mirada viva desgranando una tierra nueva.
Vida conjurando vida encontrándose en su brote.
Atrás quedaron, peregrino, las sombras de la caverna.
Déjate atravesar por el vuelo de la cigüeña,
por el trepidante rio que te arrulla,
por los musgos que se ofrecen a tus tiernos pies.
Al atardecer seguirá el sol en lo alto
y también en la noche cerrada,
y sentirás el viento derramándose en tu pecho,
y sobrio y seguro de ti,
sabrás del misterio de la ebriedad desatada en la noche iluminada.

Es el día del gran mediodía en el que los sentires se abren contemplando,
arraigando en un silencioso espejo
y en ese espejo irrumpe una sola mirada,
una mirada sin dueño[1].
Todo no es más que eso,
todo es eso.
El día del gran mediodía.
La vida del sol que contempla su eco
Nada más. Solo El.

“Corto leña, acarreo agua”.
Los haceres que dicta el día se nos ofrecen en el altar de la piedra que palpita;
ritmo, verbo componiendo formas, dictado de lo real;
gratuitamente te brindas y nos instalas en tu templo.
Acoge caminante el ser que nos alcanza.
Queda abierto a su toque.
Deja atrás los vendavales del alma;
retóricas, cálculos, querencias, pasiones, relatos inenarrables, palabras de quimera.
Enmudece. y vacío,
siente el ritmo derramándose en el cuerpo despierto
al compás de un misterioso dictado.
Acoge,
día a día,
instante a instante…
“Corto leña, acarreo agua”,
Memoria de vida,
fórmula de la felicidad que se insinúa,
enigma iluminado.

El día del gran mediodía en el que las sombras se achican...
Sombras que revelan su sentido y su savia
en esa vida desatada…
Y el árbol del cosmos se mostrará completo
y todas las savias recorrerán sus leños
y todo el ser se mostrara bello
y tendrá armonía,
y mostrará verdad,
y la belleza será potencia de vida que estremece.
Y el silencio será su divisa.
La del misterio que nadie alcanza.
La de la mente abierta y hendida en su silencio,
echando raíces de olivo milenario,
en la retícula de sentires que saben y conocen.
Y no serás sino tierra, tierra preñada y renacida.
Piedra líquida, piedra palpitante, corazón.




[1] Cfr. Claudio Rodríguez (en homenaje)